11 noviembre 2006

FLOREANA Y LA BARONESA DESNUDA

Paco Navarro



Cada vez que explico en clase las teorías evolucionistas, acostumbro a refrescar mi memoria volviendo a leer todo lo que cae en mis manos acerca de Charles Darwin, personaje al que admiro, tanto por su teoría como por el maravilloso viaje que realizó alrededor del mundo a bordo del Beagle.
Este año, buceando en el episodio en el que Darwin desembarca en las Islas Galápagos, me he topado con dos extrañas y apasionantes historias.
Como sabéis, las Galápagos eran un mundo perdido de islas entre las cuales sólo dos tenían habitantes. Estaban pobladas por animales que no había en ningún otro lugar del mundo, como las iguanas marinas y unas tortugas gigantes que podían llegar a pesar trescientos kilos y tener hasta quinientos años. Fue allí donde Darwin, que visitó las islas en 1835, concibió las ideas con que desarrollaría su teoría de la evolución.
Un siglo después, en un pequeño café de Monmartre, un diplomático ecuatoriano le contaba maravillosas historias de esas islas a una hermosa y elegante dama, la baronesa Elisa von Wagner, que lo escuchaba fascinada.
Nacida en Austria en 1896 en el seno de una familia noble y rica, y educada en los mejores colegios de Innsbruck, Elisa se dedicó en su juventud a bailar y coquetear mientras esperaba que un joven aristócrata pidiera su mano, pero la Primera Guerra Mundial truncó sus planes ya que su familia perdió toda su fortuna. La baronesa, con poco dinero pero innegable belleza, partió en el Orient Express hacia Constantinopla donde pensaba que los oficiales ingleses o franceses del ejército aliado serían buenas víctimas que sucumbieran a sus encantos. Cuentan que Elisa, convertida en una devoradora de hombres, rompía corazones y vaciaba billeteros. Dos aristócratas rusos se batieron en duelo por ella; el perdedor quedó desfigurado por un corte de sable en la mejilla. Un capitán del ejército británico pidió su mano; ella lo rechazó y él se quitó la vida pegándose un tiro.
Muy pronto las deudas empezaron a asfixiarla y Elisa enfiló una peligrosa cuesta abajo que le llevó a plantearse un cambio de rumbo en su ajetreada vida. Viaja a París y es allí donde escucha esas sugerentes historias sobre las Galápagos, las islas Encantadas de que hablaban los españoles en el siglo XVI, y una idea ronda por la cabeza de la baronesa desde su conversación con el diplomático ecuatoriano.
Un mes después de ese encuentro, la baronesa von Wagner convoca una conferencia de prensa en el salón de un hotel parisino, e informa a los periodistas de su próxima visita a las Galápagos para fundar Paradise Retrouvé, un balneario en la playa para un turismo de élite. Construiría un hotel con piscina, pistas de tenis, puerto deportivo, etc. Incluso un casino para que su clientela, rica y sofisticada, disfrutase del Montecarlo del Pacífico.
Elisa, acompañada por su amante Robert y por un aventurero amigo alemán llamado Lorentz, parten finalmente hacia la aventura, cruzan el Atlántico, atraviesan el Canal de Panamá y desembarcan en el puerto ecuatoriano de Guayaquil, donde contratan a Chamuso, un carpintero que les construiría en la isla una vivienda para alojarse mientras planeaban y diseñaban el complejo hotelero.
Por fin, tras siete días de viaje, los cuatros viajeros avistaron desde su barco la isla de Floreana, en el archipiélago de las Galápagos.
Cuando estaban a punto de fondear delante de la isla, la baronesa, como en un rito pagano, se desvistió y, desnuda, se zambulló en el agua cristalina. Nadó hasta la costa y salió del agua, cual Venus, para tomar posesión de su reino insular. El clima era tan benigno que en todo el tiempo que permaneció allí no se molestó en volver a vestirse. Sólo llevaba un anillo con un zafiro y una pistola de calibre doce colgada del cuello con una cinta de satén rojo. Los demás desembarcaron todas las provisiones y herramientas, preparados para empezar al día siguiente con la tarea de construirse una vivienda y buscar un emplazamiento para el hotel. Sin embargo, pasaban los días y nadie parecía dispuesto a mover ni un dedo, excepto el carpintero que construyó una pequeña choza para cobijarse. ¿Por qué nadie hacía nada? Aquello era el paraíso, y en el Jardín del Edén no se trabajaba. Un Edén, por cierto, donde sólo había una Eva para tres Adanes, pero la baronesa no ponía ningún reparo en compartir sus encantos con cada uno de ellos.
Pronto descubrieron que no estaban solos. En la isla vivía el matrimonio Wittmer con sus dos hijos, familia austriaca que llegó allí buscando un retorno radical a la naturaleza, y también estaba habitada por una pareja alemana de vegetarianos a ultranza, Sigmund y Dora. Sigmund, antes de partir de Alemania se había extraído todos sus dientes ya que no le iban a ser necesarios para comer verduras, y así evitaba las dolorosas caries que ningún dentista podría curar.
El cartel se completó cuando a los pocos meses de la llegada de la baronesa apareció en Floreana un barco con veintidós fornidos noruegos. Habían sido llevados allí por astutos marineros ecuatorianos bajo falsas promesas de tierras fértiles para cultivar. La baronesa recibía a todo recién llegado tal y como su madre la trajo al mundo, y conforme pasaban los días, Floreana se convirtió en una república isleña del amor libre donde los celos estaban prohibidos.
Pero poco duró la felicidad en esta utopía del Eros. Elisa, que hasta el momento no había negado a nadie su ración amorosa, comienza a comportarse de manera extraña, huidiza. En la navidad de 1933 se encadenan varios acontecimientos dramáticos. Primero apareció el carpintero con el cráneo abierto. Todos creyeron que se había caído de un árbol, pero al no haber policía en Floreana, el caso se cerró. Días más tarde el vegetariano alemán empezó a sentir unos dolores de estómago atroces y altas fiebres. Murió el día de Reyes. Los mismos síntomas sintieron los fornidos noruegos que ante la ausencia de medicamentos decidieron abandonar la isla en el destartalado barco en el que habían llegado. Débiles, enfermos y con alucinaciones llegaron a un puerto ecuatoriano en la agonía final. Sólo sobrevivieron cuatro de ellos, y por supuesto Nuggard, una bestia noruega de casi dos metros de altura y cien kilos, que se había quedado en Floreana sano y salvo, sospechando que algo muy pero que muy extraño estaba ocurriendo en la isla.
Una noche Lorentz, el amigo aventurero de la baronesa, fue a visitar al gigante Nuggard, y muy nervioso le contó que la causante de todas las muertes era Elisa. Aficionada a recoger hierbas y ciertos frutos misteriosos, había envenenado a todos con una poción a la que añadió saliva de iguana. Lorentz quería huir para llegar a las costas ecuatorianas e informar a las autoridades, y para ello necesitaba la ayuda del noruego. Poco antes del amanecer del día siguiente ambos empujaban una pequeña embarcación hacia el agua pero un disparo procedente de la noche hizo que Lorentz cayera muerto en la arena de la playa. Nuggard, desesperado y jadeante redobla sus esfuerzos para botar el barco pero la baronesa y su amante Robert lo alcanzan justo a tiempo para apuñalarlo con un cuchillo de caza. Una de las versiones que he encontrado de los hechos ocurridos en ese fatídico día, cuenta que Elisa y su amante aprovecharon la ocasión y se hicieron a la mar en esa embarcación. Lo cierto es que en abril de 1934 un barco de pesca encontró un esquife que iba a la deriva cerca de la Isla Marquesa. Dentro había dos cadáveres convertidos prácticamente en esqueletos, pues los habían picoteado las aves marinas. En el fondo del barco había un anillo con un gran zafiro, el anillo de la baronesa, pero sin embargo los documentos de identidad encontrados en el barco pertenecían a Lorentz y Nuggard. El paradero de la baronesa se convierte en un verdadero misterio. En diciembre del mismo año, un explorador holandés que navegaba por la Isla Santa Cruz vio algo blanco en lo alto de un pico. Intrigado fondeó y escaló la montaña. Encontró un esqueleto atado a un árbol. No llevaba ropa, pero de las vértebras del cuello colgaba una cinta roja de satén que sujetaba una pistola del calibre doce. Las autoridades creyeron resolver el misterio de la baronesa asesina con este descubrimiento, pero para su sorpresa la autopsia reveló que los restos pertenecían a un hombre. Nadie buscó ya a la baronesa Elisa von Wagner, desaparecida entre las islas y las olas del océano Pacífico.
En Febrero de 1946, soldados estadounidenses y ecuatorianos rastrearon palmo a palmo la isla de Floreana pero, y esta es la segunda historia, no buscaban a la baronesa desaparecida sino nada más y nada menos que a Adolf Hitler. Según algunos rumores publicados sobre todo en la prensa panameña, el dictador no había muerto en su búnker sino que había huido en un submarino hasta las Galápagos, el último paraíso terrenal.
De los personajes que aparecen en en esta historia sólo el matrimonio Wittmer y sus hijos continuaron en Floreana, siedo pioneros, ellos sí, en el negocio hotelero de la isla. Allí siguen en la actualidad y podéis comprobarlo en su interesante página web donde entre otras cosas, cuentan su historia en la isla, sin narrar los trágicos sucesos que allí ocurrieron, ni los eróticos.



Algunas direcciones sobre Darwin, las Galápagos y Floreana




4 comentarios:

Marian dijo...

Qué historia más interesante, Paco. Y el viaje, aunque virtual, maravilloso. A todos los que aún no habéis caido en la tentación del Google Earth, os lo recomiendo vivamente, aunque sólo sea por revivir la travesía de Darwin, ayudando un poco a la mente con este fascinante programa:
http://earth.google.es/

Antonio dijo...

Paco, me has dejado alucinado. ¡Qué historia! No la había oído nunca. Es muy cinematográfica... ¡Y lo de Hitler! Oye, sigue contándonos cosas así...

Tomás dijo...

De verdad, Que maravilla de historia, es una verdadera preciosidad. La cuentas con esa dosis de misterio y exotismo de las islas Galápagos, me los imagino en Guayaquil, con el bullicio del puerto, los marineros, los barcos con olor a madera y cuerdas, la llegada a la isla, los pájaros, la humedad, las palmeras. Un encanto de Historia. Mas, cuentanos otra.

AlexV14 dijo...

Muy entretenida la historia, a ver si la cuentas en clase porque no creo que la vayan a leer muchos jeje.

2 años y 5 días después lo leo yo, pero más vale tarde que nunca no?

Saludos.